Aunque la broma termine saliendo por una pasta, también me gusta ir al cine con la familia. Afortunadamente -al menos en lo concerniente al tema que nos ocupa-, mi prole ya ha entrado de pleno en la adolescencia, así que ya me libro de subproductos infantiles y me rasco el bolsillo en mandanga tan aceptable como ésta:
«La Larga Marcha»

Por increible que parezca, todavía quedan libros de Stephen King por adaptar a la pantalla. Y este data, ni más ni menos, que de ¡1979! Rarísimo que nadie lo hubiese intentado antes, pues la premisa es bastante chula: el mundo se ha ido a la mierda, la plebe necesita circo y el Estado se lo da en forma de caminata mortal televisada. Excursión non-stop sin meta de la que sólo saldrá vivo el último que aguante en pie. El resto, a medida que aflojen determinado ritmo, irán siendo ejecutados.
Pese alguna escena incoherente -esa matanza de la colina, que alguien me la explique- y alguna costura que salta por falta de presupuesto -ese final desangelado-, «La Larga Marcha» cumple de largo con las sangrientas expectativas que genera el texto.
«Predator: Badlands»

Hasta no hace tanto, la saga Predator equivalía a serie Z patillera, llena de secuelas infumables que ya ni se estrenaban en salas. Sin embargo, Dan Trachtenberg obró el milagro con la guapísima «Prey», donde el Cazador se enfrenta a una tribu indígena norteamericana, y la franquicia vuelve a ser un reclamo de primera división. Los Yautja vuelven a estar de moda.
Aprovechando la buena ola, Trachtenberg ataca de nuevo con «Predator: Badlands», notabilísima entrega situada en un futuro lejano, en un planeta a tomar por culo, y donde un Predator post-adolescente, algo pussy y en consecuencia repudiado por su especie, pasa a convertirse en presa. Genial Elle Fanning -como siempre- en la mutilada ¿piel? de un sarcástico androide que ejerce de Sancho Panza.
Entretenimiento de primera que patea totalmente el culo a todas las cintas recientes de Kong, Godzilla, Jurassic Park y compañía.