Gracias a las características de la sala Meteoro, este jueves pude vivir un 2 en 1 en toda regla.
Pagando la novatada, pues nunca había pisado ese curioso garito, llegué con la hora justa y fui recompensado con una visión nula durante, digamos, los 5 primeros temas de Killer Kin.
No negaré la autenticidad de la sala, puro underground del que mola, pero por dimensiones, altura del escenario y esa gigantesca columna que debe aguantar todo el edificio ella solita y que parte la platea en dos, allí, si mides menos de 180 centímetros, es imposible ver un concierto a la que se congregan más de 30 personas.
Y así transcuyeron mis primeros 15 minutos de show, imaginando como debía ser lo que ocurría encima de las tablas. Sonar, sonaba bien, pero la impotencia, más teniendo en cuenta el gancho visual de una banda como los de Connecticut, era de las gordas.
Afortunadamente, en una de las incursiones de su cantante entre el público, encontré un resquicio entre la, hasta estonces, impenetrable masa de cuerpos y, a pesar de alguna que otra agresión -hijo de puta-, conseguí colarme hasta las filas delanteras.

Ahí empezó un nuevo concierto. Aluciné con lo sexy que lucía Chloe Rose mientras repartía riffs cavernícolas sin piedad, con esos pechos amenazando con fugarse del chaleco; aunque para primitivo, su enfebrecido vocalista.
Diminuto pero cachas, con un slip-taparrabos como única prenda, ese híbrido entre Iggy Pop y Conan llamado Mattie Lea es todo un animal escénico.
De verborrea infinita (e ininteligible, ese no es el inglés que aprendimos en la escuela) a lo Little Richard del punk, y con la ayuda de encantadores complementos de bazar chino (estilo cinturón de campeón del mundo fake o cadena de hierro de baratillo), el tipo dio toda una lección húmeda de como entretener.

Los compañeros de Mattie y Chloe no gastan precisamente mal look (boinas, denim & leather, camisetas de Stones, Lizzy y Motorhead), pero, a su lado, ¡parecen grises funcionarios!
En lo musical, seamos francos, escuchada una, escuchadas. Killer Kin son una apisonadora sin matices con un catálogo del que, para mi gusto, sólo sobresale su hit «On The Chain». Punk rock high energy matraquero. Pero tienen toda la vida para mejorar. El otro 50% ya lo tienen ganado.
A todo esto, me sorprendió la pasividad del respetable. En una música que invitaba al pogo constante y desenfreno generalizado, debajo del escenario todo estuvo muy contenido. Era evidente que el grueso del público, normal tratándose de una banda tan novel, fue más por curiosidad que por otra cosa, pero lo de la calma chicha no era normal.
Supongo que, dada las nulas condiciones de confort, hubo una tregua implicita a lo «no vamos a hacernos daño«. O, es que, simplemente, estamos mayores para esos trotes.

En esos mismos instantes, a unos pocos km de distancia, The Answer, una de las bandas de mi vida, retornaban a la Ciudad Condal tras años de hiato. En condiciones normales debería haber estado ahí, pero la singularidad prometida por Killer Kin me hizo tirar al monte. See you next time, Cormac!
PD. Gracias Alvar por las colosales fotos!