Este verano hará un cuarto de siglo de mi residencia veraniega en Londres, tres meses en los que, además de ocupar el escalafón más bajo en un restaurante pijo -kitchen porter aka lavaplatos-, disfruté como un enano de todo lo que podía proporcionar la ciudad a un chaval de 22 tacos, que no era poco.
En 2005 hice una visita relámpago de fin de semana con un grupo de amigos sin mayor objetivo que pegarnos una buena fiesta, pero desde entonces no había vuelto a pisar suelo inglés. Por lo tanto, dos décadas después, una nueva incursión de cuatro días en la capital del Támesis, bajo la excusa de un regalo a mi hija por sus 16, suponía un buen chute de nostalgia.
Me hubiese gustado preparar con más mimo el viaje y haber dado rienda suelta a mi mitomanía audiovisual, pero la realidad se impuso: un día antes de coger el vuelo mi ruta era una hoja en blanco -gracias @oscarfs, Google Maps y foros varios por la inspiración-. Y tampoco era plan de agobiar a mis dos acompañantes. Con todo, la cosa salió así de bien:
Lo primero que me sorprendió al penetrar en la ciudad con el tren que nos traía de Gatwick, es la infinidad de rascacielos que se han levantado y se están levantando en Londres. Y no sólo en su corazón financiero, están por todas partes. Sin ir más lejos, en el humilde barrio que me hospedó, White City -para que te sitúes en el mapa, justo encima de Sheperd’s Bush y a la izquierda de Notting Hill-, están erigiendo torres enormes por doquier.


Como tipo bien informado, sabrás que, tras 6 primeros ministros diferentes en 10 años, el cargo de Keir Starmer está en el aire. Y uno de los principales motivos es la crisis económica post-Brexit que, parece ser, ha provocado una notable caída del poder adquisitivo de sus ciudadanos. Viendo el furor constructor de inmuebles de lujo y la innegable calidad de vida que observé, cualquiera lo diría. Será que el guía del free tour tendrá razón: en muchas aspectos, una cosa es -el centro de- Londres y otra cosa, el resto de Inglaterra.
Descargadas las maletas, metro hasta los atestadísimos alrededores del Big Ben, foto de rigor, y garbeo por el cercano Graffiti Tunel de Leake Street. Hasta 2008 un anodino paso motorizado subterráneo, una iniciativa de Banksy lo convirtió en una chula galería de arte urbano. Me gustó que sea un espacio vivo y mutante, pues, salvo 3 o 4 obras significativas protegidas con un metacrilato, las pintadas tienen fecha de caducidad. Tarde o temprano, llega el rodillo de un nuevo grafitero.


Desde allí, un rápido vistazo a Trafalgar Square, Picadilly Circus y Leicester Square -los más golosos tienen allí una megastore de varias plantas de M&Ms-, para adentrarnos ese par de calles que forman Chinatown, donde todo sigue igual que en mis recuerdos. Si acaso, menos aparadores con patos laqueados colgando que antaño. Acto seguido, cruzamos el Soho de sur a norte para ir a comer un obligado -y sobrevalorado- fish & chips. Golden Union fue nuestra decente elección.

En 2001 no es que el Soho fuera el colmo de la sordidez, pero si tenía cierta mugre y un ligerísimo peligro que en 2026 se han perdido completamente. Quizás no pateé las calles adecuadas o es que, al caer la noche, aquello se transforma, pero, a media tarde, esa zona es puro turismo familiar. Por ejemplo, Carnaby Street, en su día epicentro del Swingin London, hoy en día es un descafeinado equivalente a nuestro Portal de l’Ángel.
Con todo, allí están la Rolling Stones Store y una de los establecimientos de Third Man Records de Jack White, así que cumplí con el peregrinaje.
El mayor atractivo de la tienda de los Stones radica en las pinturas originales de Ron Wood que tienen expuestas -y a la venta- en su sótano. Por una media de 1.500 libras, te las puedes llevar a casa. Por lo demás, camisetas normalitas a 40 pounds y discos carillos. Mi compra se limitó a un par de calzoncillos. En su exterior, una cuenta atrás para el lanzamiento del primer single de «Foreign Tongues».


El local de Third Man es pequeñito pero con encanto. Una única planta de unos 40m2 con una buena selección de vinilos, la mayoría relacionados directa o indirectamente con el sello. Adquirí un single de The Raconteurs por 7£ y estos molones calcetines:


Y ya que he citado el comercio de White, romperé el espacio tiempo para centrarme en las tiendas de discos visitadas durante las cuatro jornadas. A 5 minutos a pata de Third Man está la mítica Sister Ray -«la más visitada del mundo», según su promo-. Planta a pie de calle dedicada al CD, planta baja centrada en el vinilo. Precios bastante competitivos en los compactos, con una generosa selección a 3 libras. Me llevé «Forever» de Cracker a ese precio.
En la acera de en frente está Reckless Records, con un 95% de vinilo. Iba pillado de tiempo y sólo le pude dedicar un par de minutos, así que poco recuerdo/puedo contarte.
Sobre Rought Trade sí que puedo contarte. Concretamente, sobre su sucursal East, en Brick Lane. Tienda monumental, preciosa, un auténtico emporio musical con un aire a nuestra Overstocks. 99% vinilo, con una -supuestamente-atractiva oferta de 3 LP por 50£ con motivo de su 50 aniversario. Una ganga para el coleccionista de plástico negro, pero, bajo mi punto de vista, no dejan de ser, al cambio, 3 discos por 58€, así que salí de allí con el corazón lleno y las manos vacías.


La Rought Trade de Denmark Street la encontré cerrada, mientras que la original, la West de Notting Hill, sólo la ojeé desde fuera durante los 2 minutos de descanso que nos dieron en el free tour de la zona.
Finalmente, mencionar Fopp, una cadena de material cultural que tiene punto de venta cerca de Covent Garden. Esperaba encontrarme promociones estilo 3×2 o 4×3 en CD, pero no era el caso. Los discos son carillos. Sin embargo, los libros de temática musical van tirados de precio: 1 ejemplar 6£, 2 por 9£. Así se las gastan. El catálogo era amplísimo y acabé optando por estos dos títulos:

Por cierto, en la mayoría de las citadas tiendas lo último de Foo Fighters, Kacey Musgraves o Geese ocupaba un espacio destacado pero, sin duda, el disco del momento en Londres era «Fenian», el segundo trabajo de Kneecap, combativo trío rapero de Belfast. Tiendas, calles y metro estaban llenos de promo.

Y por si te lo estabas preguntando, la peli de la temporada era la dichosa «El Diablo viste de Prada 2». Las marquesinas de los grandes cines de Leicester Square y alrededores estaban decorados con zapatos rojos de 3 metros.
Antes he citado Denmark Street. Vale la pena un garbeo por sus aceras. En apenas 50 metros, además de una boutique con una mazmorra en su sótano, se apiñan una docena de cojonudas tiendas de instrumentos musicales. En una de ellas, a través de su escaparate, vi que tenían a la venta, por unas 30.000 libras, guitarras que habían pertenecido a Slash, Paul McCartney o Jimi Hendrix.


Y ya que he mencionado al icono mulato, ¡al loro con el look que se lleva en las pasarelas londineses!

Recupero la línea temporal. Tras la sobremesa por el Soho, nos desplazamos a Whitechapel, barrio famoso por haber sido el escenario de los crímenes de Jack el Destripador. Allí realizamos un entretenido tour que nos puso sobre la pista del matarife. Lástima que el vecindario ha cambiado tantísimo desde 1888 que cuesta un poco ponerse en situación. Los callejones lúgubres han dado paso a modernos bloques de oficinas y lo único que queda en pie de la época, como no, son los pubs donde bebían las prostitutas, pero lo dicho, un tour ilustrativo con un guía muy dicharachero.
Pasemos hoja del calendario. Mañana del domingo dedicada a recorrer los animados barrios de Shoreditch -donde el arte urbano se ha hecho fuerte y, además de un par de Banksys, puedes ver el pedazo mural de «Euphoria» que tienes bajo este párrafo- y Brick Lane -subtitulado Banglatown-, área que, con permiso de Camden, aloja los mercadillos vintage más importantes de la ciudad.






Cumplí con la tradición de comer un bagel en Beigel Bake, establecimiento de bocatas abierto 24 horas. Son baratos, pero no valen un pimiento. Mucho mejor la cocina cubana que pude degustar en la planta superior del Vintage Market. Allí se juntan una cincuentena de stands con street food de todos los puntos del globo. Mi mujer optó delicias de Singapur.

Una vez recorridos los mercadillos y comprados un par de recuerdos, nos digirimos a la City, el distrito financiero. Una vez allí me enteré de que el ascenso a las plantas panorámicas de buena parte de sus rascacielos es gratuito. Sin embargo, hay que reservar con antelación. Otra vez será.


De allí, bus hasta el West End. Dos curiosidades vistas por la zona:
La industria escénica londinense parece ir viento en popa. Sus obras prácticamente monopolizan la publicidad del metro y te encuentras un teatro en cada esquina. De su exhuberante oferta, a parte del show basado en la peli de strippers masculinos de Channing Tatum (Magic Mike) -la foto junto al cartel era un must del viaje para mi hija-, me llamó la atención esa «Stranger Things» live on stage!

No menos atractivo era el numerito montado por unos raterillos en la parte alta de Charing Cross. Mediante pago de una propina, tenía la oportunidad de ganar 100 libras si aguantabas 90 segundos colgado de una barra. Chupado, ¿verdad? Ni de coña. Al igual que la veintena de valientes que oteé, hubieses pringado. Algún truco debía tener la instalación, pues, por ejemplo, todo un boina verde como el de la foto no llegó al minuto.
La media de aguante era de 25 segundos y sólo un chaval con aspecto de trapecista de Circ du Soleil llegó a inquietar a los promotores del chanchullo. Un recuerdo a las borrachas de una despedida de soltera que caían a plomo cuando se retiraba el taburete.

Tras pasear por la bonita área de Covent Garden y alrededores -la mastodóntica tienda de comics Forbidden Planet merece vuestros 15 minutos-, terminamos devorando pato en Chinatown.
Notting Hill era el primer objetivo del nuevo día. Y comprobé que, a pesar de la afluencia masiva de turistas -dichosa película-, el vecindario retiene el encanto que le vi 25 años atrás. Por cierto, allí sigue Music & Video Exchange, en cuyo bargain basement pasé incontables horas a principios de siglo, pero la agenda me privó el reencuentro. A la próxima.


Nuestro salado y emotivo guía, un tipo de Ulldecona, era un fanático de la música y nos señaló un pub donde privaban los Stones y los Pistols, la pensión donde se alojaba Bob Marley en sus estancias londinenses, el lugar donde debutaron Pink Floyd o la antigua iglesia –The Tabernacle– donde los citados Stones y Floyd, así como The Clash, solían ensayar debido a su buena acústica.

Los museos de Londres, repletos de tesoros legendarios -no veas como me emocioné al ver la Piedra Rosetta en el British Museum en 2001- y encima gratuitos, son lo más. Pero en un viaje corto, si tienes la agenda del día apretada o tus pies ya llevan un tute importante, no te lo recomiendo. Además de concurridísimos, son demasiado grandes. En esta ocasión visitamos el National History Museum y a los 20 minutos ya estaba hasta la polla. En una ciudad de estas características, mejor callejear.
El resto de la tarde la invertimos en turismo verde: concatenamos Kensington Garden, Hyde Park -donde, a pesar de no estar permitido, compartimos unos cacahuetes con la horda de ardillas que allí moran; cualquiera se resiste-, Green Park y St. James Park para terminar en las rejas de Buckingham Palace, allí donde la sufrida guardia del gorro de oso es una atracción de feria. Justo el día antes, Banksy había instalado una estatua reivindicativa en los aledaños, pero, tras alcanzar los 30.000 pasos diarios, nuestro tren inferior ya no daba para intentar localizarla. Metro a casa y mañana sería otro día.

La mañana de la última jornada se podría decir que fue MI MOMENTO. Me calcé las Asics y salí a trotar. Desde White City, pasando por Sheperd’s Bush, el señorial y frondoso Holland’s Park, Earl’s Court, Chelsea y Belgravia hasta llegar a Sloane Square. 11,5 km durante los que, en mi psique, la ciudad fue mía.
En Sloane estuvo sito Oriel’s Brasserie, el restaurante donde lavé platos durante tres meses a principios de milenio. El establecimiento cerró sus puertas en 2010 y el motivo tiene narices: el propiertario del edificio acudió un día a cenar allí; el agape le pareció tan lamentable y caro que, cabreadísimo -supongo que quedó mal con sus invitados-, decidió rescindir el contrato a sus inquilinos.

En la actualidad, el establecimiento se llama Colbert y está muy reformado. Por ejemplo, no supe encontrar la puerta lateral con la escalerita que te llevaba a las cocinas. Afortunadamente, en la acera de enfrente resiste la cabina telefónica desde la que hacía llamadas a cobro revertido a mis padres. Inutilizada, meada y cagada, pero ahí sigue. En un estado lamentable la mayoría, pero, a diferencia de las ciudades españolas, en las calles de Londres aún resisten multitud de cabinas. Supongo que las consideran patrimonio en espera de reparación.

Ni el cuerpo ni el reloj daban para remontar los 11,5 km hasta el punto de partida, así que tomé el transporte público para la vuelta, con trasbordo en un punto emblemático. Derruido en 2007, en el solar del mítico Hammersmith Palais ahora se levanta un anódino edificio de apartamentos. Al menos han tenido el detalle de colocar esta plaquita:


Las últimas horas en Gran Bretaña se apuraron en el inevitable Camden. Del celebérrimo mercadillo XXL, sólo un par de apuntes: sus punks han abrazado el capitalismo y solicitan 2 libras por fotografía -más abajo tienes un «robado»- y las camisetas rockeras ya no son de segunda mano, ahora son nuevas y valen entre 20£ y 30£ -su precio fluctúa en función de la cara de primo que te vea el vendedor; 28£ pagó servidor-. Mi escogida lleva impresa la portada de «Louder than Love» de Soundgarden. Sopesé llevarme también otra muy chula con la portada del perro de Alice in Chains, pero ¿sabes cuando te pruebas una prenda y, por su patronaje, no te favorece? Pues eso.

Me quedé con la espinita clavada de no revisitar Acton Town, el gris barrio dormitorio que me hospedó el verano del 01 –didn’t your hear the ding, Toni?-, pero no hubo tiempo para más.
«I ain’t had no fun in London since the Hammersmith Palais«, cantaban Demolition 23. Ciertamente, bajo mi limitada óptica de poco más de 72 horas de callejeo, Londres ya no rockea. Pero diversión, ¡la que quieras, Michael!
Epílogo – Me puse a chequear la salud de la prensa rockera en un quiosco del aeropuerto de Gatwick. Este es el nivel:



