Como bien sabéis, el portador de la antorcha de la vanguardia en esta casa es OscarFS. No es que me considere un garrulo, pero mis gustos suelen situarse dentro de la ortodoxia rockera y palos como la electrónica o lo arty no suelen ser lo mío. Y mira tú por donde, ambas sonoridades son parte importante de la propuesta de Annie Clark aka St. Vincent. Sin embargo, en ella, en su música, me encajan.
Aunque su nombre no me fuera extraño de antes -lo había leído aquí y allí, pero sin más-, realmente entre en contacto con el universo de la de Tulsa a partir de «Daddy’s Home», su disco más orgánico, una fabulosa inmersión en el soul 70s. Siendo precisos, gracias a su actuación en SNL, donde interpretó «Pay Your Way in Pain» y «The Melting of the Sun». Esa estética de Blaxplotation, ese magnetismo, esa banda, esas canciones, ¡ese TODO! me dejaron flipando y me ganaron para la causa.
Me gustó mucho «Daddy’s Home» y he disfrutado un montón con el reciente y tenebroso «All Born Screaming», así que, sin haber profundizado en su discografía anterior más allá de un superficial picoteo, no es que tuviese la intuición, es que sabía -Youtube ayuda- que iba a sentirme a gusto en un concierto de St.Vincent. Y no me equivoqué.
A los indecisos, compañeros de la antes citada ortodoxia, de cara a una próxima oportunidad, dejarles claro que más allá de sonidos pregrabados y del eclecticismo, un show de St. Vincent es conceptualmente un show de RN’R. ¡Hasta tuvo un sólo de batería que podría haber firmado Tommy Aldridge!
Annie cuenta con un as ganador en su manga: el súper clase Jason Falkner, ex-Jellyfish, a la guitarra. Siempre elegante -visualmente, a ratos me recordaba al actual Duff McKagan-, desatado cuando la ocasión lo requería, comunicativo y gesticulador con el público, Falkner se nota que disfruta un huevo en su papel de escudero y lo contagia.
Me queda la duda de qué ocurre con su instrumento cuando, en las canciones de corte más electrónico, ves que se deja la piel punteando pero por los altavoces no escuchas nada parecido a una guitarra. Misterio.
Del resto de la banda, destacar a Charlotte Kemp, la top model que llevan por bajista -pareja de Sean Lennon, hijo de John y Yoko-, y a Rachel Eckroth la completísima teclista, corista y lo que le echen, auténtico motor de la maquinaria.
Y claro está, sobresaliendo, St. Vincent herself. En otras fases de su carrera su puesta en escena era heredera de Kraftwerk, pero ahora, afortunadamente, Clark está pasando su fase de frontwoman sudorosa, teatral y rockandrolera.
A sus pletóricos 42 años, la suya fue una actuación realmente física, durante la que se revolcó por el suelo, chocó con sus compañeros de tablas, hizo crowdsurfing e incluso practicó la escalada como si fuera Michael Monroe o un jovencito Eddie Vedder.

De voz va sobradísima -aunque en los 3 primeros temas el ingeniero de sonido se empeñara en darle un volumen anormalmente bajo-, aunque de castellano no tanto. Uno de los alicientes/temores era ver si atrevería con esas terribles «Pulga» o «Hombre Roto» -adelantos de la inminente versión en español de «All Born Screaming»-.
Nah, un par de estrofas en un par de canciones y punto. Mucho mejor así. Qué mal lo pasamos todos viendo como sufría durante su intento de speech en la lengua de Cervantes.
Remarcando por encima de todo que el concierto me pareció fabuloso, que actitud y prestaciones de la banda fueran intachables, que el repertorio fue muy equilibrado -8 temas de «All Born Screaming», 3 de «Daddy’s Home» y el resto de trabajos anteriores; debe ser por el efecto sorpresa, pero canciones que desconocía como «Dilettante», «Cheerleader», «Marrow», «Digital Witness» las gozé especialmente- y que el ambiente de la abarrotada Razzmatazz fue el de las grandes noches, me permito un par de pequeños reproches:
1) Dado que St. Vincent es una guitarrista suprema y que cuenta Jason Falkner a su lado, molaría que se dejaran llevar en algún que otro desparrame guitarrero. Lo sé, no se trata precisamente de una jam band, pero un poquito de improvisación se agradecería.
2) El final del set principal, con esa especie de gospel marciano que cierra «All Born Screaming», fue magnífico. Sin embargo, la elección como único bis de la reposadísima «Somebody Like Me» es más que cuestionable. Bonita y melancólica, pero inadecuada para mandarnos a casa.
Siguiendo la lógica, acto seguido debería haber salido en tromba la banda completa, dispuesta a aniquilarnos con alguna de sus piezas más duras. Esa sensación de ¿»ya está, no hay más»? fue un poco bajona. Toma nota, Annie.