La masa hace 20 años que dio la espalda de The Darkness. Concretamente, cuando la radio determinó que «One Way Ticket to Hell … and Back» (2005) no contenía otro «I Believe in a Thing Called Love». Ellos se lo pierden.
En cualquier caso, Justin, Dan, Frankie y Rufus han seguido trabajando duro todos estos años para, a base de giras y álbumes -algunos mejores que otros, pero el axioma de «desde One Way Ticket no graban un disco bueno» es falsísimo; algún día prepararé un recopilatorio por One Way Ticket y a varios se les caerán las bragas-, mantener un cómodo estatus en la industria que les permite, por ejemplo, llenar un señor Apolo hace un par de noches. Se terminaron los Rolls Royce y el Moet Chandon -quizás Rufus, vía papi Roger Taylor, aún los disfrute-, pero llegan sobrados a final de mes.
Vamos a sacarnos de encima la parte mala del show: ese tramo final desconcertante, anticlimax, con Justin pendiente de su reloj de pulsera, murmurando constantemente «sí sí, vamos bien de tiempo» y perdiéndolo improvisando riffs y pedazos inconexos de canciones -como si estuviéramos en su local de ensayo- hasta llegar a las 22:00h en punto (cuenta atrás incluida).
Apunta un forero que, a 20 minutos del final, alguien, desde el lateral del escenario, le hizo indicaciones sobre el timing. Probablemente, Hawkins se se lo tomó a mal y lo que presenciamos fue un acto de vengativo humor british que nos birló el habitual bis de «One Way Ticket». Por el motivo que fuera, un mal broche a un, hasta ese momento, excelente show.
Si la banda me pidiera consejo, les diría que «Open Fire» -por temazo y por temática- es el tema ideal para abrir sus conciertos, pero «Rock N’ Roll Party Cowboy» no es para nada mala elección.
El macarrísimo primer tema de «Dreams on Toast», que recoge en su letra todos los tópicos del perfecto hard-rockero, fue recibido con jolgorio por el respetable, algo que sucedería más adelante con compañeras de LP como la divertida y sublime «Mortal Dread», la arena rock «Walking Through Fire», la cabaretera «The Longest Kiss» o la frenética «I Hate Myself» que sirvió de abrupta coda. Cierto es que «Dreams on Toast», el disco, no me conquistó de primeras, pero sus mejores canciones adquieren aureola de clásicos al trasladarse al directo.
Tras «RN’R Party Cowboy», otra sabia decisión: concatenar dos pesos pesadísimos como «Growing On Me» y «Get Your Hands Off My Woman», seguidas de la coconuda «Mortal Dread». Celebradísimas todas ellas. Por supuesto, a esas alturas Justin -pletórico a sus 50 tacos, ¿el último de la estirpe de frontmen rockeros británicos?- ya había puesto a prueba nuestras gargantas y nuestro dote para los bailes coreografiados.
Engrasadísima, la banda siguió golpeando con cafradas como «Motorheart» y «Barbarian» (¿su «Inmigrant Song» particular?), delicadeces como «Love is Only a Feeling» y esa all-time favourite llamada «Givin’ Up».
Acto seguido, la primera sorpresa de la noche. Rufus suelta las baquetas, cubre su torso con una camisa cantona y toma el micro para entonar un baladón de aúpa. Hubiese firmado ante notario que aquello era una versión, pero a toro pasado compruebo que no. «My Only» está escondida en la versión deluxe de «Dreams on Toast».
La otra sorpresa, justo a continuación, no fue tan agradable. Sabía que venían tocando una versión de «The Power of Love», pero yo pensaba que era otra «The Power of Love» (una de una banda nuevaolera, canción muy chula que ahora mismo soy incapaz de localizar en Youtube; no te extrañe que se llame diferente) y no la castaña de «Si tu eres mi hombreeeeeee y yo tu mujeeeeer«. Larguísima y deslabazada, no fue exactamente lo que se dice un highlight del concierto.
Tampoco lo fue «Heart Explodes», ejemplo de que «Easter is Cancelled» no es un disco demasiado inspirado, pero la totalmente Queen «The Longest Kiss» y, especialmente, «Friday Night» retomaron el pulso.
A partir de ahí, lo que te dije antes. Justin empezó a mirar el reloj y The Darkness alternaron interpretaciones colosales de «Japanese Prisoner of Love», «I Believe in a Thing Called Love» (interrumpida y reiniciada por culpa de los imbéciles del móvil) o «I Hate Myself» con pérdidas de tiempo varias.
En cualquier caso, créeme, que con ésta ya han sido 6 las veces que les he visto: si te apetece una farra rockandrolera dirigida un excesivo -para bien y para mal- maestro de ceremonias, no dejes escapar a The Darkness cuando vuelvan a tu ciudad. Como diría nuestro Dr. Andreu, esta banda es zona de confort.